jueves, 3 de diciembre de 2009


En su cuarto, sentada en la pequeña
cama, blanca y absurdamente apacible en aquel mundo amargo que la rodeaba,
repasó con desaliento sus posibilidades. No había trabajado nunca. Es más,
¿para qué engañarse?, no le gustaba el trabajo, ni le gustaría jamás.
Pero debía mendigarlo ahora, porque, si no, era evidente, no se podía vivir. Con
una pereza desfallecida, laxa, se tendió sobre las sábanas. Demasiado
complicada la vida. Pero debía ser importante, para que se luchase tan
desesperadamente por ella. Nadie parecía saber de estas cosas en Saint-Paul. ¿A
qué clase de mundo se las destinaba?, pensó. Desde luego, no al que Dios tuvo a
bien enviarla.

martes, 1 de diciembre de 2009

Sol.




A los dieciséis años salió de Saint-Paul,
creyéndose el centro del mundo.
Pero el mundo resultó ser distinto a todo
lo que ella aprendió a temer o amar.
Ojeando su cuaderno escolar,
podía evocar nueve años largos
y casi inútiles de internado.
El cuaderno tenía tapas rojas,
y en la primera página había escrito,
con letra grande y picuda:


Nombre: Soledad Roda Oliver






Nunca le llamó nadie Soledad.
Recordaba que este nombre le había parecido ajeno, distante.
Siendo muy niña, le sorprendió saber que
Sol -tal como la llamaban todos- era como un disfraz,
un bello y luminoso fuego que ocultaba
aquella palabra oscura: "Soledad".


Y tenía miedo.