jueves, 3 de diciembre de 2009


En su cuarto, sentada en la pequeña
cama, blanca y absurdamente apacible en aquel mundo amargo que la rodeaba,
repasó con desaliento sus posibilidades. No había trabajado nunca. Es más,
¿para qué engañarse?, no le gustaba el trabajo, ni le gustaría jamás.
Pero debía mendigarlo ahora, porque, si no, era evidente, no se podía vivir. Con
una pereza desfallecida, laxa, se tendió sobre las sábanas. Demasiado
complicada la vida. Pero debía ser importante, para que se luchase tan
desesperadamente por ella. Nadie parecía saber de estas cosas en Saint-Paul. ¿A
qué clase de mundo se las destinaba?, pensó. Desde luego, no al que Dios tuvo a
bien enviarla.

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